Remuneración laboral: las brechas de género reflejadas durante la crisis de la COVID-19
Por: María José Mesías Sevilla, Marifer Kelly Orellano Sotomayor
La medición del impacto económico de las desigualdades entre mujeres y hombres en el Perú es una tarea pendiente y comprende un amplio campo de temáticas de análisis. En ese contexto, el presente documento aborda la brecha generada por el Trabajo Doméstico no Remunerado, lo cual nos lleva a revisar de forma crítica las estructuras sociales que imponen un uso diferenciado del tiempo a hombres y mujeres, tomando como referencia y punto de enfoque, el periodo de la crisis por la COVID-19. Al respecto, consideramos importante el planteamiento de las siguientes preguntas: ¿el impacto laboral a causa de la pandemia fue el mismo tanto para hombres como para mujeres? ¿A qué se deben las diferencias en dichos impactos? ¿cómo afecta esto a las mujeres? ¿Qué deberíamos hacer para erradicar las desigualdades de género en la distribución de la carga laboral en el tiempo?
Resumen:
Por medio del ensayo adjunto se responde a todas estas interrogantes, comenzando por la presentación de las estadísticas extraídas del INEI respecto a la distribución de la carga laboral en el uso del tiempo para hombre y mujeres antes y durante la pandemia, demostrando así la desigualdad presente y las razones por las cuales hay una delimitación a lo que se supone que debe dedicarle el tiempo una mujer y un varón. En línea con lo anterior, se explica cómo es que esta desigualdad afecta directamente en las mujeres, específicamente en el mercado de trabajo, tanto en las oportunidades como en el desempeño dentro de este. Finalmente, se hace una reflexión sobre la importancia de ejecutar políticas públicas que erradiquen las brechas de género existentes, resaltando que, en paralelo, se debe concientizar sobre las razones sociales de que estas brechas aún existan.
Palabras clave: desigualdad, género, trabajo no remunerado, COVID-19.
Abstract:
Measuring the economic impact of inequalities between women and men in Peru is a pending task and includes a wide field of analysis topics. In this context, this document addresses the gap generated by Unpaid Domestic Work, which leads us to critically review the social structures that impose a differentiated use of time for men and women, taking as reference and point of focus, the period of the COVID-19 crisis. In this regard, we consider it important to ask the following questions: was the labor impact of the pandemic the same for both men and women? What accounts for the differences in these impacts? how does this affect women? What should we do to eradicate gender inequalities in the distribution of the workload over time?
This document answers all these questions, beginning with the presentation of the statistics extracted from the INEI regarding the distribution of the workload in the use of time for men and women before and during the pandemic. thus demonstrating the present inequality and the reasons why there is a delimitation to which a woman and a man are supposed to dedicate their time. In line with the above, it is explained how this inequality directly affects women, specifically in the labor market, both in terms of opportunities and performance within it. Finally, a reflection is made on the importance of executing public policies that eradicate existing gender gaps, highlighting that, in parallel, awareness must be raised about the social reasons that these gaps still exist.
Keywords: inequality, gender, unpaid work, COVID-19.
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“Antes de la pandemia, trabajé como asistente de inversiones en una empresa exportadora, si bien recibía una buena remuneración, se me complicaba al momento de organizar mis tiempos, ya que no solo debía encargarme de mis actividades laborales, sino que también debía cocinar, limpiar y atender a mi familia en casa. Al llegar la pandemia e iniciado el tiempo de confinamiento, me despidieron del trabajo donde laboraba y mis hijos comenzaron sus clases virtuales. Alguien debía quedarse con ellos en casa para poder darle seguimiento a su educación y ayudarlos a adaptarse a las herramientas virtuales, y ese es el rol que me corresponde como madre, por lo que decidí buscar un empleo que me demande menos tiempo y así poder ayudar a mis hijos”. Este es el caso de Jenny y, así como ella, son muchas las mujeres las que tienen que lidiar con la sobrecarga de actividades productivas en su distribución del tiempo, es decir, no solo se enfocan en buscar oportunidades de trabajo, sino que, además, lidian con la preocupación de llevar en paralelo las actividades de cuidado en sus hogares que, cabe mencionar, no son remuneradas.
Según la Organización Internacional del Trabajo, OIT, el trabajo de cuidados comprende dos tipos de actividades superpuestas: las actividades de cuidado directo, personal y relacional, como dar de comer a un bebé o cuidar de un cónyuge enfermo, y las actividades de cuidado indirecto, como cocinar y limpiar. La diferente asignación de trabajo entre mujeres y hombres, de trabajo doméstico y de cuidados, por un lado, y de trabajo productivo para el mercado, por el otro, influye sobre otras brechas de género como la salarial o la de participación laboral en el mercado (Velazco y Fuertes: 2017).
El 15 de marzo del 2020, mediante el Decreto Supremo (DS) Nº 044, el Estado Peruano estableció Estado de Emergencia y cuarentena en todo el país, en principio se pensó que solo serían 15 días, no obstante, esta situación se extendió por varios meses. En este contexto, la crisis de la pandemia trajo consigo una de las mayores recesiones en la historia peruana, impactando directamente en el ámbito laboral bajo una serie de despidos masivos por parte de las empresas. Bajo este contexto deberíamos preguntarnos: ¿el impacto laboral fue el mismo tanto para hombres como para mujeres?. Esta problemática ha sido la inspiración para redactar el presente documento, donde pretendemos mostrar una realidad dada durante la crisis de la COVID-19: la desigualdad de género al destape.
La Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), suscrita por el Estado peruano y vigente desde 1982, establece la obligación de que en el territorio nacional se garantice la igualdad real entre hombres y mujeres. Recién en el año 2007, se aprobó la Ley N°28983 “Ley de Igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres”, la cual presenta lineamientos para la elaboración de normas, programas y políticas públicas orientadas a eliminar la discriminación de género, no obstante, aún queda un largo camino por recorrer para conseguir ver el reflejo de los dictámenes establecidos y los que se propongan a futuro, a pesar del avance sostenido durante las últimas décadas en la erradicación de estas brechas.
El patriarcado es un sistema de dominio institucionalizado que mantiene la subordinación e invisibilización de las mujeres y todo aquello considerado como “femenino”, con respecto a los varones y lo ‘masculino’, creando así una situación de desigualdad estructural basada en la pertenencia a determinado “sexo biológico”. Dado que este sistema de dominación se justifica a través del “sexo biológico”, el orden que impone es normalmente percibido como natural y no como una construcción social que puede ser transformada. Por lo tanto, los roles que desde el patriarcado se imponen a las mujeres por el hecho de serlo, suelen ser percibidos como fijos y no intercambiables. Este sistema, lejos de haber sido erradicado, conserva aún sus cimientos en nuestra sociedad actual, adhiriendo a las personas a un rol específico de género, subordinado principalmente a la mujer en diversos aspectos como, por ejemplo, el económico.
Las desigualdades de género se caracterizan por ser multidimensionales y por estar interrelacionadas, en ese sentido, existen brechas de género que originan o refuerzan otras. Una de estas es el uso del tiempo, el cual se encuentra en la base de la división sexual del trabajo. La diferente asignación de trabajo entre mujeres y hombres, de trabajo doméstico y de cuidados, por un lado, y de trabajo productivo para el mercado, por el otro, influye sobre otras brechas de género como la salarial o la de participación laboral en el mercado (Velazco y Fuertes: 2017).
Según la última Encuesta Nacional del Uso del Tiempo realizada por el INEI en el 2010, los hombres dedicaban 15 horas y 54 minutos a la semana a las actividades productivas no remuneradas, mientras que las mujeres dedicaban 39 horas con 28 minutos, es decir, casi el triple a las mismas. En la actualidad, estas cifras han variado; los hombres incrementaron en 1 hora las APNR y las mujeres las disminuyeron en 6. La ENUT, además, evidenció diferencias dentro del grupo de mujeres por áreas de residencia, concluyendo que las mujeres del área rural dedican más tiempo a las actividades domésticas no remuneradas que las mujeres del área urbana.
Otro dato relevante en este análisis es la distribución de horas en las Actividades productivas remuneradas; los hombres le dedican 57,92 horas a la semana a las APR y las mujeres 49,78. Estas brechas solo reflejan la gran intensidad de carga laboral que reciben las mujeres: ellas asumirían una carga equivalente a dos jornadas laborales de 8 horas más que los hombres a la realización de las actividades no remuneradas.
Pero, ¿cuál es el panorama con las nuevas generaciones? Si nos enfocamos en la población de 19 a 29 años, observamos que las APR en hombres y mujeres apuntan a cifras similares, con 52,19 y 51,07 horas semanales respectivamente. No obstante, el uso del tiempo en las APNR sigue manteniendo cifras muy distantes, siendo estas de 14, 57 horas a la semana para los hombres y 35,33 horas semanales para las mujeres, es decir, las mujeres le dedican más del doble del tiempo que le dedican los hombres a las APNR. (INEI: 2019).
Esta desigualdad de género dada en el uso del tiempo en las actividades productivas remuneradas y no remuneradas se evidenció con mayor rigurosidad durante la crisis de la COVID-19. Para el total de empleados hombres, solo el 3.1% de ellos trabajaban de manera no remunerada, mientras que para el total de mujeres que trabajan sin remuneración son 9.97%. En el sector urbano, 3.02% de los hombres trabajan de manera no remunerada, mientras que para las mujeres es un 6.78%.
Entonces, ¿qué está sucediendo?, pues, se continúa reproduciendo la tradicional idea de que el hombre es el proveedor y la mujer es la cuidadora; una concepción histórica y socialmente establecida que, generación tras generación, ha llevado a la feminización de las labores de cuidado que comprenden las actividades productivas no remuneradas.
Según los datos más recientes de la ENAHO, se contabilizan 9.4 millones de hombres y 7.4 millones de mujeres ocupados en el país. Por lo cual, podemos concluir que existen, aproximadamente, 5 hombres por cada 4 mujeres trabajando.
De manera general, en el aspecto nacional, los hombres son, sobre todo, asalariados, mientras que las mujeres son asalariadas e independientes casi en la misma proporción. Esto es diferente en las zonas urbanas, donde existen más asalariadas que trabajadoras independientes. En contraste, el porcentaje de asalariamiento es siempre superior para los hombres.
Enfocándonos en el trabajo independiente, este es mayor en las mujeres. Dicho fenómeno puede tener pros y contras para ellas. Por el lado positivo, la flexibilidad laboral permite la entrada y salida en el mercado de manera más rápida. Por el lado negativo, por esta misma fácil entrada y salida del mercado, en situaciones de crisis económicas, estos empleos son los primeros en desaparecer. Tal fue el caso de la crisis pandémica, en el que las actividades económicas se vieron frenadas por el intento de evitar el esparcimiento del virus SARS-CoV-2, afectando en gran medida al sector de trabajadores independientes, lo que llevó a muchas mujeres al retorno de sus hogares y la pérdida del empleo.
Al igual que pasa con el empleo independiente, existe una alta correlación entre el trabajo informal y los ingresos de los hogares, esto llega ser preocupante, puesto que casi todos los hombres y mujeres en el ámbito nacional y urbano trabajan en empleos informales, siendo 71.1% de la Población Económicamente Activa (PEA) informal antes de la pandemia y 73.4%. de la PEA era un formal a mediados de pandemia (2020).
En el caso de los grupos ocupacionales, existe una alta concentración de las mujeres entre los vendedores y los trabajadores de servicios, especialmente en zonas urbanas. Con la data disponible en la Enaho es difícil saber cuánto de este empleo se podría desempeñar en cuarentena o de movilidad restringida. Pero, podría deducirse que, por la alta informalidad y escasa sofisticación tecnológica de estos puestos de trabajo, es probable que se pueda mantener muy poco durante este choque en la economía.
Por otro lado, la ocupación de obreros, conductores y jornaleros que tiene nula participación femenina. Esto influiría en la pérdida de empleo femenino pues, de cierta manera, estos fueron los primeros oficios en reactivarse durante la nueva “normalidad'' dada durante el Estado de emergencia sanitaria del 2020.
Según los sectores económicos, en zonas urbanas, el empleo femenino muestra mayor concentración que el masculino; el 53% de las mujeres trabaja en servicios y 30% en comercio. Solo estos dos sectores económicos cobijan a 4 de cada 5 mujeres trabajadoras urbanas y, además, cabe recalcar que fueron los más afectados a mediano plazo por la pandemia.
Los datos presentados nos muestran que la inserción laboral durante la pandemia fue más complicada para las mujeres que para los hombres, desde el suavizamiento de la cuarentena. Lo cual nos lleva a preguntarnos, ¿qué estuvieron haciendo las mujeres que no pudieron reincorporarse en sus actividades laborales? Pues, una de las medidas que se dieron durante el Estado de emergencia por la pandemia fue el cambio a la educación a distancia para escolares y universitarios, es decir, además de las labores diarias cotidianas que ya se tenían antes de la pandemia, ahora se encontraba también el seguimiento académico, en caso de ser un niño muy pequeño, el acompañamiento en toda la clase por el uso de las nuevas plataformas de aprendizaje o, en todo caso, el uso de la televisión (Aprendo en Casa) y, además, la labor de mentora para los hijos, rol que, por supuesto, debido a los constructos sociales impuestos, le correspondía a la madre.
Cabe rescatar que antes de la pandemia ya se observaba una brecha de género que dependía del número de hijos que tenía una familia: tener un niño en el hogar amplía la brecha de empleo entre hombres y mujeres en 10 puntos porcentuales, y cada hijo adicional en 5 puntos porcentuales. (Ñopo y Jaramillo: 2020)
Adicionalmente a lo ya expuesto, se encuentra el caso de las mujeres que sí pudieron reincorporarse a sus actividades laborales sí remuneradas. Si bien estas mujeres se fueron integrando cada vez más al mercado de trabajo, continuaban asumiendo la parte más importante del trabajo doméstico no remunerado (TDNR), en particular, en las fases del ciclo familiar que suponen la presencia de miembros menores de edad en el hogar, circunstancia que, por la pandemia, se vio agravada aún más, debido a la modalidad virtual educativa.
La jornada laboral para el mercado, en el caso de las mujeres, es inferior a la de los varones, debido a la necesidad de atender las responsabilidades domésticas y familiares, que recaen en las mujeres. Es decir, la condición de trabajadoras asalariadas no las libera de destinar una gran cantidad de su tiempo a las labores domésticas no remuneradas, en otras palabras, cualquiera sea la duración de la jornada laboral, ellas dedican mucho más tiempo que los varones a estas actividades.
Dado el escenario descrito, ¿cuales son las consecuencias que recaen sobre la mujer, debido a las desigualdades en la asignación del tiempo de las actividades remuneradas y no remuneradas? Los efectos negativos asociados a la brecha de tiempo se manifiestan en el aumento de la carga total del trabajo femenino. En este contexto, las mujeres suelen optar por reducir su participación en el mercado de trabajo, ya que se ven limitadas por las tareas domésticas y de cuidado en su hogar, sobre todo cuando hay menores de edad en la familia. Otra opción es mantener sus actividades laborales remuneradas, sin embargo, esto constituiría una sobrecarga laboral, ya que tendría que llevar a la par las TDNR, lo que, a su vez, podría afectar en el desempeño dentro del mercado de trabajo y, dependiendo del sector en el que labore, va a afectar en diversas medidas el reconocimiento monetario por el desempeño de sus funciones. A menudo encontramos a mujeres formando parte de hogares que realizan estrategias de sobrevivencia que se traducen en largas jornadas de trabajo doméstico no remunerado y remunerado, aumentando la carga total de trabajo de estas mujeres, cuando se comparan con los hombres (dedicados principalmente a las actividades remuneradas).
Además, respecto de las mujeres dedicadas exclusivamente al TDNR, la falta de ingresos monetarios limita su acceso a mecanismos de protección social (pensiones y salud), lo que genera riesgo de vulnerabilidad futura. Esto produce, también, en el largo plazo, la pérdida de las habilidades o capacidades para el trabajo remunerado.
En conclusión, los esfuerzos que se hacen para que las mujeres puedan tener las mismas oportunidades laborales que los hombres no van a poder darse mientras se siga manteniendo la imposición social de los roles de género, ya que son estas brechas las que impactan en las mujeres al grado de llevarlas a dos escenarios de elección: sobreexigirse con una carga laboral saturada distribuyendo su tiempo entre jornadas laborales remuneradas y no remuneradas, y limitar su búsqueda u obtención de trabajo remunerado por la obligación social de tener que cumplir con las tareas de cuidado en el hogar, llevando a algunas mujeres incluso a tener que dejar de trabajar para poder cumplir con las obligaciones ligadas a su género. ¿Esta elección de “o trabajo o cuido a mis hijos” debería ser válida?
Durante las últimas décadas, se puede observar un lento pero sostenido proceso de cierre de brechas de género en los mercados de trabajo, empero, esto no quiere decir que estemos cerca de conseguir una verdadera igualdad de oportunidades para hombres y mujeres en el mundo laboral, de hecho, como se ha expuesto a lo largo del documento, la pandemia no solo evidenció la enorme desigualdad que existe en la distribución de cargas laborales y oportunidades de empleo para hombres y mujeres, sino que, además, puso en riesgo el proceso de cierre de brechas, llevándonos a un efecto contrario en el que, más bien, se acrecentaron.
En ese sentido, es necesario establecer medidas efectivas que ayuden a combatir las brechas de género, no solo preservando la empleabilidad femenina afectada por la pandemia, sino que, adicional a ello, conseguir una mayor inserción laboral para las mujeres. Asimismo, no se debe dejar de lado la proveniencia de estas problemáticas; se debe crear un ambiente de discusión en el que se invite a la reflexión y se reconozca que los retos de la inserción laboral femenina o las desigualdades de carga laboral y distribución del tiempo provienen de un statu quo patriarcal que, a su vez, incluye múltiples interseccionalidades.
La aplicación de acciones concretas desde los distintos estamentos sociales se hace necesaria para una mayor igualdad entre hombres y mujeres. Si bien las políticas de igualdad avanzan, lo realmente importante es la plasmación efectiva de estas. Junto a la teoría debe ir la práctica. Y, junto a estas dos premisas, la concienciación de todas las personas que formamos parte de esta sociedad para rechazar cualquier tipo de actitud discriminatoria hacia una persona por razón de su sexo, condición, religión u opinión. No podemos elaborar estrategias que mitiguen las brechas de género sin tener una población consciente de la existencia y razón de estas.
“Esta elección de cuido a mis hijos o trabajo no debe ser válida el día de hoy. Lo que debemos tener son las herramientas y recursos necesarios para cumplir expectativas y sueños en todos los sentidos de nuestra vida. Es un mito que quien se desarrolla profesionalmente tendrá un fracaso como persona.” Beatrice Avolio, docente de tiempo completo del departamento académico de posgrado en negocios PUCP.
Bibliografía:
Jaramillo, M. y Ñopo H. (2020). “Covid-19 y el shock externo: Impactos económicos y opciones de política en el Perú”. PNUD LAC C19 Pds No. 5. PNUD América Latina y El Caribe. Covid 19, Serie de documentos de políticas públicas. Marzo de 2020
Beltrán, A. y Lavado, P. (2014). “El impacto del uso del tiempo de las mujeres en el Perú: un recurso escaso y poco valorado en la economía nacional”. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, Documento del Trabajo.
Defensoría del Pueblo (2019). “El impacto económico del trabajo doméstico no remunerado y de cuidados en el desarrollo de las mujeres” Lima, Perú, septiembre de 2019.
Instituto Nacional de Estadística e Informática (2019). “Perú: evaluación de los indicadores de empleo e ingreso por departamentos, 2007-2018”. Lima, agosto de 2019.
Instituto Nacional de Estadística e Informática (2019). “Perú Brechas de género 2019, avances hacia la igualdad de las mujeres y hombres” Lima, Perú, diciembre de 2019.
Arlette Beltrán Barco y Pablo Lavado Padilla (2014). “El impacto del uso del tiempo de las mujeres en el Perú: Un recurso escaso y poco valorado en la economía nacional”. Instituto Nacional de Estadística e Informática, Lima, Perú, diciembre de 2014.
Sandra Ximena Niño de Guzman Tapia (2020) “La catástrofe de la ley del despido masivo”.
Disponible en: https://www2.ucsm.edu.pe/la-catastrofe-de-la-ley-del-despido-masivo-2/
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